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Como en tantas cosas en la vida, creo que para obtener resultados interesantes en un proyecto es necesario implicarse: mezclarse, confundirse con el objeto, con el planteamiento, con el proceso…

Pero esta actitud también provoca que las inevitables decepciones que conlleva el proceso sean vividas como fracasos personales, algo que se evita, justamente, con la actitud opuesta: el distanciamiento.

Por ello, la implicación en el proyecto debería producirse con la suficiente “cercanía” para orientar el proceso pero con la “lejanía” necesaria para evitar tomar los contratiempos con experiencias íntimas.

Es lo que podríamos llamar “la distancia del karateka”: la que permite golpear sin ser golpeado.

A ello cabe añadir la precisión, la rapidez, la agilidad, la fluidez del movimiento, la estabilidad de la posición… aspectos muy útiles en arquitectura que serán objeto de próximos posts. De momento, quedémonos con la idea de que quien sale tenso al combate no suele ganarlo.

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